HoyDia

×

Advertencia

Fallo cargando el archivo XML

España, los muertos que vos matáis...

Fueron demasiadas esperanzas puestas en un proceso muy débil, y los españoles se han pasado los últimos 40 años hablando y discutiendo de los 40 anteriores

por Nelson G. Specchia
“Que no nos pasemos los próximos 40 años hablando de los últimos 40 años”, era el reclamo que le hacía a su audiencia nocturna el locutor radial que encarnaba José Sacristán en una de las películas íconos de la transición española, “Solos en la madrugada”, que dirigió José Luis Garci en 1978. El dictador acababa de morir –finalmente, tras casi cuatro décadas de sistema autoritario, partido único y represión fascista- y en esas madrugadas radiofónicas todo era nuevo, todo era esperanza, todo era resurrección política, social, sexual, económica, doméstica, urbana, musical, ideológica, cinematográfica...

Pero fueron demasiadas esperanzas puestas en un proceso muy débil, y los españoles se han pasado los últimos 40 años hablando y discutiendo de los 40 anteriores. Porque el paso hacia la democracia se decidió hacer de una manera consensuada y sin condenar esa negra historia de represión, hambre y muerte que se extendió desde el golpe de Estado encabezado por el “generalísimo” Francisco Franco contra el gobierno legítimo y las instituciones democráticas de la Segunda República. Y, lo que aún fue más siniestro: decidieron no condenar la posguerra civil, ese carnaval de venganza que impusieron los vencedores, que enlutó la península con fusilamientos diarios, ejecuciones por garrote vil, persecuciones, exilios, y un miedo que invadió todo lo respirable.

Ese consenso –que se designa como Transición, así, con mayúscula- fue el límite de posibilidad que entrevió la dirigencia para torcer los designios continuistas que había planteado el régimen. “Lo dejo todo atado y bien atado”, repetía el generalísimo en los últimos días de su reinado de cuatro décadas, y la Falange Española –el único partido legalmente permitido- había logrado recomponerse tras el atentado de ETA al almirante Carrero Blanco, el elegido por Franco para que lo sucediera.

Para que todo quede, además de atado, bien apretado, el franquismo imaginó la vuelta de la monarquía una vez muerto el “Caudillo”. Don Juan de Borbón, hijo del depuesto rey Alfonso XIII, apoyó el golpe de Estado de Franco, al igual que toda la aristocracia y las clases altas españolas. El acuerdo interno era que, una vez desplazado el gobierno de los “rojos”, los militares devolverían a don Juan la titularidad de la Jefatura del Estado. Pero cuando Paco Franco –“mi Franquito”, como le decía don Juan- se sentó en el sillón del palacio de El Pardo, comenzó a darle largas al heredero de la corona borbónica, hasta que quedó claro que no pensaba soltar la manija: don Juan tuvo que quedarse en su refugio portugués de Estoril, y la sucesión monárquica quedó trunca.

Pero, para no ponerse a todos los monárquicos en contra y seguir manteniendo el favor del gran capital y de la aristocracia, Paco Franco eligió -mostrando que era el gran hacedor y deshacedor de la España Una, Grande y Libre-, al hijo de don Juan, Juan Carlos, y lo nombró su personal heredero. Le confeccionó una escuela a medida, donde sólo él y cuatro o cinco nobles escogidos fueron educados, y le inoculó el franquismo, esa mezcla tan española de autoritarismo, desprecio y falsa gallardía. Bueno, o al menos lo intentó, pero al dictador el príncipe le salió rana.


Una salida consensuada     
Este plan, tan atado y bien atado y ajustado, es el que explica por qué la dirigencia política de la Transición opta por el consenso y la no condena al régimen golpista que está dejando atrás. Ese príncipe escogido por Franco para asegurarse que todo siguiera igual, cambia el libreto: llama a un amigo personal, Adolfo Suárez (otro hombre del régimen), y le encarga la democratización del sistema; se levanta la proscripción del Partido Comunista; el franquismo se rompe en dos y una parte –con el gallego Manuel Fraga, que había sido ministro de Franco, a la cabeza- acepta negociar una constitución junto a los socialistas y a los liberales.

Y lo hacen: redactan una constitución, se comprometen a no perseguir ni penal ni ideológicamente al franquismo, y el rey recién coronado, Juan Carlos I de Borbón y Borbón, jura la Constitución como Jefe del Estado. Hasta ahí se podía llegar, siguen repitiendo hoy los “padres constitucionales”. Pero no hubo revisión de las torturas y de las ejecuciones, no hubo una Conadep ni una “comisión de la verdad”, no hubo juicios, no hubo castigos. “Los muertos, muertos están”, había dicho Paco Franco cuando, con trabajo esclavo de los republicanos encarcelados, construyó el magalómano monumento funerario del Valle de los Caídos, donde aún hoy, bajo una piedra de mármol puro de varias toneladas, reposan sus restos.

Sin embargo, las heridas sangrantes no cicatrizan por decreto. Los españoles, al contrario de los que proponía el personaje de José Sacristán, no se resignan a que su historia la escriban solamente los que ganaron la Guerra Civil, y han venido hablando de aquellos 40 años y de éstos. Y, lo que es más interesante, usan los mismos términos para hablar de los próximos, de cómo quieren que sean los años por venir.

Vía de escape    
Esas conversaciones, que venían fermentando en barbecho, encontraron en la abdicación del rey elegido por el dictador una espita, una vía de escape, y la oportunidad de abrir la tapa de esa olla a presión donde se metieron todas las deudas de la dictadura y que cerró la Transición. La novedad histórica no está dada por la renuncia de Juan Carlos de Borbón, y la abdicación del trono en la persona de su hijo Felipe. Eso era por demás previsible, especialmente después del rumbo que tomó la causa contra el yerno real, Iñaki Urdangarín, por corrupción y tráfico de influencias a través de la fundación Nóos, en facturas y gastos avalados con la firma también de su esposa, la infanta Cristina. No, la novedad histórica no es esa. Lo sorprendente, lo inesperado, ha sido la masividad de la reacción popular en todos los rincones, desde las capitales hasta los ayuntamientos más apartados. En la última semana, las concentraciones en Puerta del Sol, en Madrid; en la barcelonesa Plaça de Catalunya; o en la vasca Vitoria-Gasteiz, han sido los epítomes multitudinarios de una reacción social transversal a todo el país, desde Galicia a Andalucía; desde Asturias (sede, fíjese hasta dónde llega, del principado de Felipe, el futuro rey) hasta Valencia; desde Castilla la Vieja hasta Navarra.
 

Buena salud
De todas las notas destacables de este fenómeno social y político, elijo comentar aquí sólo dos: la decadencia del sistema partidario y sus dirigencias, y la emergencia de una actitud generacional alternativa.

La historia, en sus cuentas largas, juzgará si la actitud de los partidos de izquierda en la Transición fue la correcta o apenas acomodaticia; pero podemos admitir que los diezmados y perseguidos comunistas españoles, recién rehabilitados, no tenían a fines de los años ’70 muchas alternativas a aceptar lo que le daban. La socialdemocracia del Partido Socialista Obrero Español – PSOE, por su parte, liderados por un joven y talentoso andaluz, Felipe González, se veía tan cerca de acceder al poder que la aceptación de la constitución monárquica aparecía entonces como una concesión táctica. Pero que ese mismo PSOE hoy defienda a ultranza la Monarquía, resulta patético. Apenas un mal chiste “de gallegos”. Cada generación debe votar su propia constitución.

Y el segundo elemento es el recambio generacional: las manifestaciones pidiendo un referéndum que consulte a los españoles lo que nunca jamás nadie les preguntó, si quieren seguir siendo súbditos de un rey en pleno siglo XXI, o prefieren vivir en una república democrática, están integradas por gente muy joven. Las cientos de miles de banderas moradas, amarillas y rojas que han ondeado esta semana no las llevan viejos luchados antifranquistas o añosos maquis. No. Son jóvenes, nacidos y criados en la España contemporánea. Y ellos serán los sujetos de este nuevo tiempo político: si Felipe logra ser coronado, a las apuradas y entre gallos y medianoche, su reinado no será extenso: no hay condiciones para ello. Quizá la historia, la de las cuentas largas, lo recuerde como Felipe el Breve.

Finalmente, los nudos de Paco Franco no estaban tan atados y bien atados. Los muertos que creyó matar, gozan de muy buena salud.    

Twitter: @nspecchia

Hora: 08:44:14
Fecha: Martes, 16 de Octubre del 2018