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Un montón de nada

por Pablo Moragues

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La secuencia es típica. Alguien se va de boca, otro pone ON en el botón de la cámara, una mano aviesa se apodera de lo que no es suyo, las imágenes caen en el inodoro impúdico de Internet, gran despiporre gran y gestos escandalizados, la manivela de la justicia que no arranca por más que la lubriquen con aceite refinado y las acusaciones van y vienen con el explícito objetivo de generar el barrullo habitual en el que todo se pierde, todo se convierte en nada, en un tumultuoso y engordado montón de nada, hasta que la próxima miseria viene a acaparar la insaciable curiosidad de los palurdos.

Por lo demás, resulta muy ilustrativo escuchar cómo los directamente implicados tuercen las palabras dichas y grabadas para la posteridad con el fin de hacerlas decir otra cosa, como si el universo de significados fuera una tómbola en la que es sólo cuestión de meter la mano, sacar una bolilla e inventar símbolos así como así. Desde ya, obrar de esa manera es tomar a todos y cada uno de los que siguen el culebrón por perfectos imbéciles. Pero, convengamos, cerebros no es precisamente lo que sobra en esta trama archiconocida y de final predecible.

Más allá de los aspavientos, de las patéticas explicaciones, de las desmentidas que no desmienten nada, de las aclaraciones que lo oscurecen todo, de los héroes de la virtud democrática, más allá de todo eso nadie dice lo que cae por su propio peso: la corrupción es nuestra forma de vida. De sus sucios tentáculos vive tanta gente y tantos millones son los que mueve que si desapareciera drásticamente de un día para otro lo más probable es que la economía del país se derrumbaría como un castillo de naipes. Mientras los palurdos cuentan votos, los aviones cuentan billetes, que suelen ser mucho más efectivos para lograr que las cosas ocurran.

Entonces, deschavar corruptelas es una apuesta empresarial tan segura y sólida como poner un quiosquito al lado de una escuela. Con el tiempo, la revelación de chanchullos se vuelve tan normal que la cosa, trágica por donde se la mire, termina por convertirse en un hecho anecdótico. Che, ¿viste al tipo ése que escracharon en la tele?; sí, qué barbaridad, la debe levantar en pala, él sí que sabe cómo funciona el mundo. Y bué, mientras mueva el expediente, si se quiere quedar con algún vuelto es cosa de él. El poder y el dinero son afrodisíacos irresistibles. Y ahí se los ve, los que ya se han encumbrado en alguna madriguera de las altas esferas transpiran para preservar lo que en su momento lograron acaparar con imbatible avidez. Por otro lado, los que aspiran al podio de los triunfadores de la vida aprenden con fruición las lecciones de los aviesos y los mentirosos y se preparan para desbancar a los cansados dinosaurios que se aferran a sus postreros espacios de señorío. Por un tiempo el ecosistema delictivo e inmoral se ve convulsionado y todos corren a buscar refugio hasta que las cifras y los porcentajes hacen su añejo trabajo y logran un nuevo equilibrio, hasta la siguiente crisis.
Ahora, como antes, más que antes, otra vez el pandemonio. La opereta que sabemos de memoria. Los bufones que saltan de un lado para otro como un faquir sin talento que se quema con las brasas. Salvo que ocurra una catástrofe, los que están arriba brindan tranquilos con mucho hielo, porque, al fin y al cabo, nadie llega hasta arriba sin antes haber aprendido a apagar los incendios peligrosos. Mares de tinta se gastan en la consideración y el análisis de un sainete que, aunque con distintos personajes y diferentes escenarios, es el mismo que ocurrió ayer y el mismo que tendrá lugar mañana. La obscena reiteración de episodios sórdidos habla a las claras de la clase de sociedad que hemos sido capaces de construir.

Pero ahora es difícil pensar. El ruido lo domina todo. Los cancerberos vienen corriendo con los baldes llenos de agua para embarrar la cancha, generando un chiquero en el que nadie queda limpio. La porqueriza se alborota y la estridencia de los chillidos de los cochinillos en supuesta agonía ayuda a prefabricar un clima ideal para que cualquier cosa sea válida mientras sea lo suficientemente sensacionalista y mida bien. Es parte de la puesta en escena, claro está, ya que en esta tierra es más probable que te caiga un rayo en la cabeza un día despejado a las cuatro y cuarto de la tarde de un seis de mayo que alguien vaya preso por corrupción. Mientras tanto, las aguas persisten en su curso. De a poquito, pero con firmeza, delante de tus ojos, el revuelo va cobrando la consistencia deseada por los que nada tienen que temer. Todo está a punto caramelo. Será cuestión de días, por no decir horas, para que el despiporre termine convertido en un gigantesco, amorfo, maloliente, grasiento y asqueroso montón de nada.

Hora: 14:36:54
Fecha: Miercoles, 17 de Octubre del 2018