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Cuatro consejos inútiles para el verano

por Manuel Esnaola
Especial para HDC


UNO

Cuenta María Esther Vázquez, en su libro “La memoria de los días”, que Borges era un gran nadador. Le gustaba internarse en el mar con unos prominentes anteojos de buceo para proteger sus dañadas retinas. El viejo se dejaba flotar en la cadencia de las olas y sentía que ese placentero retiro era como recuperar los ojos por un rato. En “El otro, el mismo”, Borges escribe: “Agua, te lo suplico. Por este soñoliento / nudo de numerosas palabras que te digo, /  Acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo. / No faltes a mis labios en el postrer momento”.
Una tarde Jorgito Luis salió del mar y se desorientó un poco. Pensó que estaba en la parte interior de la carpa y se dispuso a cambiarse la malla mojada por una seca. Pero resulta que el tipo estaba afuera nomás. Mientras se desvestía le tiró una pregunta a Bioy. Cuando Adolfito se dio vuelta para contestarle, dimensionó el paisaje borgeano en plena desnudez y se abalanzó sobre el cieguillo para meterlo atrás de las lonas. Victoria Ocampo, casi para sí misma, dijo: “Había estado bien provisto, che”.
Sinceramente no sé por qué cuento esto. Pero está buena la anécdota, ¿no? Eso ya justifica toda posibilidad de apertura. “¡Estás escribiendo historias de verano, Esnaola!” Ahhh… ok, perdón. Había perdido el hilo. Cerremos la ecuación entonces: ¡estalló el verano! Consejo número uno: deberíamos de proveernos de buenos libros, dos bañadores (como dice mi tío Richard), protector solar y estar atento a las ironías libertinas del calorcito sexual. Y a no buscar en los ñoños un chivo expiatorio. Recuerden lo que vio Victoria Ocampo aquella tarde en Mar del Plata: la verdadera pluma de Borges.


DOS
¿Alguna vez vieron un pez banana? Muchos se acordarán con cierto escalofrío del famoso relato de J. D. Salinger, que abre el volumen “Nueve cuentos”. Aquella escena donde el atormentado joven que ha vuelto de la guerra juega en el mar con Sybil, una adorable niña. El joven le dice:

“(…) – ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez banana.
– ¿Un qué?
– Un pez banana – dijo, y se desanudó el cinturón de su albornoz”.
La escena es estremecedora. El hombre sosteniéndola ligeramente de los brazos, en busca de un pez banana y entre líneas un diálogo que filtra todas las ambigüedades de un lenguaje perfectamente construido. Algo más. El sol se vuelve agobiante y uno parece estar metido, como un espectador paralizado, en ese verano infernal. “– No me sueltes – dijo Sybil ¬–. Sujétame, ¿quieres? –  Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo (…) Ocúpate sólo de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para los peces banana”. El final no es lo que parece. Pero es lo que busca Salinger: hacértela pasar realmente mal. Después de darle un beso en la planta de pie, y ante la réplica de la niña con un “¡eh!”, el joven suelta una tremenda evasiva. La cosa se dispersa, el tipo vuelve al hotel y bueno, es mundialmente famoso el corchazo de sidra Real que se mete. Consejo número dos: los peces banana no existen.     


TRES
Nos dice Beatriz Sarlo que “(…) la luz cruda del verano, a mediodía, es mala para tomar fotos, porque las caras se aplanan, chatas y sin sombras, o se parten en dos, divididas en un plano de sol y una oscuridad que surge de los contrastes marcadísimos”. Entre las doce y las dos de la tarde, entonces, el mundo, en una fotografía, se vuelve demasiado real. En palabras de Montale (seamos justos, la cita es de Sarlo) “todo es lo que es, sólo lo que es”. Después, cuando el sol comienza a declinar en su parábola diaria, surgen los matices, el resplandor de una luz que sumerge las cosas en un velo ilusorio y fantástico. Ahí el mundo deja de ser lo que es y podemos  pensar que existe la posibilidad de otra lectura, ahora menos expuesta al relámpago de la luz. Las fotos de atardeceres color ocre con nuestra silueta estampada en un sol durmiente, por ejemplo, podría ser el clásico fotograma artístico que uno sube a las redes sociales esperando la celebración de la comunidad de amigos virtuales por la tremenda captura.
Pero yo creo que todo tiene que ver con la luz. En realidad el arte no está en la destreza de nuestro disparo. El arte reside en un acto de concesión… en cuánto nos deja ver el mundo mientras se va apagando. Consejo número tres: jamás saqués fotos al mediodía en las vacaciones. Todo puede volverse demasiado real.    

     
CUATRO
Es verano en la isla de Martinica. T. C. (convengamos que Truman Capote parece ser siempre el protagonista de sus relatos) está sentado en una aireada y elegante casa que parece de encaje. Le recuerda a esas viejas casonas de Nueva Orleans. La anciana, que es alta y esbelta y tiene el pelo color plata, le dice: “– Los camaleones son criaturas excepcionales. La forma en que cambian de color. Rojo. Amarillo. Verde lima. Rosa. Lavanda. ¿Sabía que les gusta la música? (…) ¿No me cree?” Ante la respuesta un poco incrédula de T. C., quien sigue sentado cómodamente en la terraza, la anciana se dirige al salón y se sienta en el piano. Toca una sonata de Mozart. Poco a poco comienzan a acumularse los camaleones, moviendo graciosamente su lengua bifurcada. Son más de una docena que dan saltitos y pasan por la terraza hasta el salón. “Un público sensible, absorto en la música”. Después, cuando el piano enmudece, los camaleones se desparraman “como chispas de una estrella que estalla”. El cuento se llama “Música para camaleones”. Consejo número cuatro: no dejés que el “hit” del verano te deje ciego y entonces te pierdas de ver cómo permanentemente las cosas están cambiando de color. ¡Salut!

Hora: 19:53:38
Fecha: Martes, 14 de Agosto del 2018