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Somos Charlie Hebdo

Por Ernesto Ponsati

A pesar de todo, somos Charlie Hebdo. A pesar de todas nuestras lacras culturales, a pesar del rechazo que nos provoca la arrogancia petulante de nuestro desprecio por “el otro”, en este caso todos los que profesan la fe del Islam y, no olvidemos porque aún no está borrado, también al judío. Fundamentalmente, porque no nos consideramos con derecho a la blasfemia y mucho menos con derecho al odio.

Pero nada es peor que la ignorancia, así que será mejor repasar algunos hechos para no caer en la soberbia despreciativa con que tratamos a los musulmanes y en especial a los árabes, que están más cercanos geográficamente y a los que identificamos con el choque de culturas. Samuel Huntington sugiere este enfrentamiento en un planteo simplista que pronto fue adoptado por el establishment estadounidense para darle vigor conceptual a su avance militar, económico y social sobre los países de Medio Oriente; y sobre el petróleo que encierra su subsuelo, que nunca está demás hacer buenos negocios al tiempo que se hace la guerra.

Pero hay un detalle. Los árabes, predominantemente musulmanes, no contribuyeron activamente al choque cultural. Solamente lo hicieron como víctimas, porque la verdad no es que representaran una amenaza para Occidente más allá de los títulos catastróficos de la prensa establecida. Hasta que en 2001 apareció Al Qaeda, una célula multiforme que derribó las torres gemelas de Nueva York y dejó miles de muertos. De un solo golpe y dando a Washington el argumento idóneo para invadir Afganistán e Irak y, más tarde, Libia, que como Irak navega sobre petróleo.

Claro que la historia del choque cultural no comienza allí. En el siglo XII, cuando los cruzados ocupan Jerusalén –capitaneados, entre otros, por Ricardo Plantagenet- desataron una carnicería. Recuperada la ciudad por Saladino (Salad ad Din), el líder musulmán respetó la vida de los cristianos y judíos que allí residían. En la España musulmana, hacía varios siglos que bajo la bandera de la media luna convivían armónicamente islámicos, judíos y cristianos; a los dos últimos no se los molestaba mientras pagaran sus impuestos. También en el siglo XII creció en la califal Córdoba el pensamiento y la obra de Maimónides, el más encumbrado sabio judío de Al Andalus. Ese equilibrio se rompió solamente al finalizar el siglo XV cuando, en paralelo con la etapa final de la reconquista de España, los muy católicos reyes expulsaron a los judíos de sus territorios. Dicen que el borrador del decreto fue obra de Tomás de Torquemada, salvaje inquisidor, y que como el plazo de cuatro o cinco meses era inapelable, muchos bienes de los judíos expulsados quedaron en manos de los españoles. Fueron expoliados. También fueron saqueados los bienes de los cátaros, cultores de una herejía que fue aniquilada a sangre y fuego por la furia papal en el Siglo XIII.

El Islam es una religión de conciliación, como todas las religiones del Libro. Las tres coinciden en sustentar principios básicos para una moral de convivencia y de respeto. Pero contienen también el demonio del fundamentalismo, del rechazo total hacia el Otro, hacia el que es ajeno, hacia el que no piensa exactamente igual que nosotros, y en casos extremos hacia el señalado por la naturaleza –el loco, el deforme- y hacia el homosexual.

Al juzgar los hechos de París, no debemos olvidar que los pueblos islámicos están siendo diezmados por otro terror, el terror de las armas de las potencias occidentales. Los terroristas de Charlie Hebdo esgrimen como argumento el rechazo al terror que se despliega en Medio Oriente y más lejos: cuando una bomba “inteligente” cae sobre una boda afgana o sobre un hogar indefenso sirio o iraquí, cuando sus mujeres son violadas y asesinadas, cuando ningún país se hace cargo del estropicio porque se despliegan ejércitos privados, mercenarios; cuando los sospechosos son torturados a veces hasta la muerte en cárceles secretas de Polonia, Rumania o Egipto o simplemente en Guantánamo. Seríamos injustos si no experimentáramos horror también ante esos hechos de un terror siniestro encaminado a dominar, a sojuzgar a poblaciones culturalmente ajenas y en muchos sentidos condenadas al atraso o al sufrimiento. Para mayor oprobio, hay una historia de despojo más hiriente: ¿qué hacen los toros alados de Babilonia en Berlín, el sarcófago de Ramsés III en París y la piedra de Rosetta en Londres? Son testimonio del infamante saqueo de tesoros arqueológicos que la cultura occidental cometió en países islámicos. Francia en el Magreb y Medio Oriente, Inglaterra en Sudán, Egipto y Medio Oriente, España en el Norte de Africa, hasta Italia en Abisinia, son registro de huellas del indignante abuso de la cultura considerada superior.

Es verdad que enfrente hay sociedades en la que la mujer es objeto y por tanto una niña un objeto más pequeño, todo lo cual explica que los dementes de Boko Haram hayan concretado un atentado letal con una niña-bomba (más barata que un coche-bomba). ¿Y qué pasa con las mujeres en Occidente? Además de ser objeto comercial, lo son en lo sexual. La prostitución es uno de los negocios ilegales de mayor volumen mundial; hay turismo sexual, que hasta ofrece al viajero vírgenes (menores de edad, por supuesto) en países como Tailandia; es común la desaparición de mujeres vendidas en los prostíbulos de decenas de países, y Marita Verón es un caso vivo en nuestra memoria aquí nomás, en el Jardín de la República. La violencia sobre la mujer es una de las peores lacras denunciadas en Suecia, y resaltamos: Suecia, país de avanzada. Pero las páginas de nuestros rotativos muestran a diario la magnitud del problema en la Argentina. El fin de semana pasado un joven golpeó hasta desmayarla a su ex novia en una playa bonaerense, y sabemos que escenas como ésa son frecuentes. Nuestra civilización no debiera sentirse superior, y el modelo republicano, con su división de poderes, tampoco; no alcanza a encubrir sus lacras. En Estados Unidos, no puede impedir la impunidad de un policía blanco que asesina a un negro desarmado, y en México, república federativa, carece de poder para evitar el asesinato de 43 estudiantes adolescentes. Y la lista continúa…

Agredidos de todas formas, caen fácilmente en la burla del estereotipo: los dibujos satíricos los muestran feos, de piel oscura, melena hirsuta y nariz ganchuda como se ridiculizaba a los judíos hace cien años; las mismas imágenes que acompañaron al Holocausto. Solamente les queda el refugio del fanatismo, que puede ser religioso o de otro origen, pero conduce necesariamente al sacrificio propio y de Otro, esta vez el que se ubica como encarnación del mal: unos dibujantes que le ponen rostro a Mahoma, algo vedado para el Islamismo. Los hermanos Kouachi habrán soñado con el martirologio, pero del otro lado de la muerte solamente encontraron oscuridad y silencio, sin paraíso y sin cuarenta huríes esperando para agasajarlos. Qué lástima esa carnicería inútil.

Estamos ante un pestañeo de la historia que deberá ser visto en perspectiva cuando el tiempo haya decantado la polvareda. Mientras tanto, pensemos en los pueblos que sufren, que son explotados, bombardeados, martirizados y dominados son piedad. Y también en Charlie Hebdo, que no mereció esa matanza.

E.P.

Hora: 21:11:57
Fecha: Sabado, 23 de Junio del 2018