HoyDia

Walking New York: segunda parte

NADA FUERA DE LO COMÚN

Por Manuel Esnaola

Especial para HDC

 

UNO
Upper Manhattan
 
Es verano en Nueva York. Un verano de treinta grados a la sombra. Pero después que cruzo la 59th St. para internarme en el Central Park, ese furioso pulmón que cataliza la sangre de la Big Apple, no me parece descabellado pensar en aquel interrogante que se hace Holden Coufield en la novela de Salinger, “El guardián entre el centeno”. El pibe le pregunta a un tachero: “¡Oiga! (…) Esos patos del lago que hay cerca de Central Park Sur… Sabe qué lago le digo, ¿verdad? ¿Sabe usted por casualidad adónde van cuando el agua se hiela? ¿Tiene usted alguna idea de dónde se meten?”. El taxista lo mira como si estuviera completamente loco y le responde: “¿Qué se ha propuesto, amigo? (…) ¿Tomarme un poco el pelo?”. Holden, sincero, suelta: “No, solo quería saberlo, de verdad”. La paradoja es letal. Porque la pregunta, tan absurda para el conductor del taxi, pretende hacerse de un saber verdadero, genuino. Está claro que nos hemos enterrado en tantos saberes convencionales y prácticos que toda comunicación humana, fuera de ellos, parece imposible. 
En fin… camino por el costado oeste del Central Park, barrio que vendría a llamarse “Upper West Side”. Una pregunta nomás Esnaola, ¿hay niños en Nueva York? Sí míster, sólo que Ud. no los ve en el metro ni en los bares ni en los parques ni en la Madison Avenue. ¿Y dónde están, si me permite el atrevimiento? Los niños de New York están todos en el “Museo de historia natural”.  Sí sí, el mismo en que se filmó la película del desangelado Ben Stiller, donde las criaturas del museo cobran vida por la noche. Lo recordaremos así entonces, porque a vos las ciencias naturales nunca te quitaron el sueño. Además no te gusta, y esto es algo que tu cara no esconde, que exhiban en vitrinas una reproducción esmerada de las civilizaciones autóctonas que los mismos norteamericanos redujeron a cenizas. Eso se lo dijiste a una vieja que estaba parada frente a una canoa con tres indios remando. Te miró mal y vos sonreíste satisfecho por la insignificancia de tu partícula de arena. 
Cruzo el parque de oeste a este hasta llegar de nuevo a la Quinta Avenida. De ese lado, el barrio adopta una pose lógica y se hace llamar “Upper East Side”. Los edificios son lujosos, con toldos de ingreso y paquetos recepcionistas vestidos de smoking. Alguien me dice que por acá viven Bill Murray, Madonna y Sting ¿Pero juntos?, no, no, las ganas. ¡Bueno, vayamos a un museo ya!
A esa altura de la 5th Av, entre la calle 80 y 84, está el Metropolitan Museum of Art, una mole de cuatro manzanas con una arquitectura extraordinaria. Adentro todo es laberíntico y hay tanto para ver que es difícil no caer preso de un soponcio de abuela. Desfilan y se mueven, indistintamente, el “Campo de trigo con cipreses” de Van Gogh, “Aristóteles contemplando el busto de Homero” de Rembrandt, “Dos niñas en el piano” de Renoir, la “Vista de Toledo” de El Greco y esfinges y sarcófagos egipcios, por nombrar algo de ese gigantesco show del genio artístico universal.
Un par de cuadras más arriba del Met está el museo Guggenheim. De Frank Lloyd Wright, quien pergeñó su estructura circular, Borges dijo que era un arquitecto admirable, un gran inventor de espacios. En una entrevista, describe al museo así: “Recuerdo su circularidad. Verá, yo no podía distinguir los objetos, pero sí la luz y yo notaba que el recorrido no era en línea recta… íbamos bajando (con mi madre), en círculos, porque la luz siempre estaba a la derecha, una luz que provenía de una cúpula de cristal, me dijeron, y que yo notaba sobre mi cabeza, como si no estuviéramos en un edificio, sino al aire libre, y yo me preguntaba angustiado si todo acabaría abruptamente, en el vacío y me despeñaría”. Lo cierto es que ese vértigo se incrementa a la luz de los ojos y caminar el serpenteante espiral rodeado de las pinturas de Mark Rothko, las Marilyns multicolor de Andy Warhol y las cajas ensambladas de Joseph Cornell, es un salto al vacío sin derecho a vértigo. 
No mucho más para decir de esta zona. Bueno, un bonus track: hay un museo de diseño llamado Cooper Hewitt, que podría tranquilamente ser el lugar donde pululan personajes símiles al despreciable Leonardo, de la película de Cohn y Duptrat, “El hombre de al lado”: sofisticados, snobs, innecesariamente rebuscados. Como decía la pequeña Libertad de Quino “yo prefiero la gente simple”. Para eso subamos al Harlem entonces.    

 

DOS
Harlem
 
Entre la 96th St. y la 170th. St. se despliega la escala pentatónica del Harlem, barrio donde tradicionalmente se asentó la comunidad afroamericana. Salgo del metro y la experiencia es gratificante: en casi todas las esquinas hay unas gordas gigantes vestidas de policía de tránsito cantando y dirigiendo el rumbo de los autos con una comicidad de película. Gritan, mueven los brazos con hiperactividad y todo se hace más llevadero. Te asustás Esnaola cuando una de esas gordas te grita “Watch your steps, honey!”. Al principio no entendés si te está puteando o simplemente está haciendo una joda. La mirás de nuevo y recién ahí tu oído se amolda y caés en cuenta que adelante tuyo hay un sorete de perro tamaño baño. “Tank you, madame”, y seguís por la calle principal con dirección al Apollo Theater, ese mítico escenario que lanzó las carreras de sujetos como Jimmy Hendrix, Gladys Knight, Diana Ross, Ella Fitzgerald y los cinco fantásticos hermanos Jackson. 
¿Lo mejor del Harlem? Su gente. Espontáneamente amables los vecinos de este barrio caminan alegres por las calles y hablan-gritan con un acento tan ondulante, que al escucharlos conversar parece que estuvieran rapeando. Le pregunté a un señor cómo volver al sur, a la otra punta de la isla. El sujeto era un tipo de unos sesenta años, tenía la mirada algo abatida, pero me hablaba con una amabilidad muy disfrutable que rápidamente quise preguntarle más cosas, charlar un ratito más con ese hombre simple y honesto. A Mr. Queen, como me hizo llamarlo (sin dejar de advertir la cómica contradicción que llevaba implícito su nombre), Walsh lo hubiera descripto así: “Es un hombre alto, atildado (…) de mirada clara. Expansivo, gráfico en los gestos y el lenguaje, tiene una dosis considerable de humor y aun de ironía escéptica. Pero lo que en el acto se desprende de él es una impresión de honradez sólida, de sinceridad”. Me dice que Lou Reed venía siempre al Apollo, que de hecho lo nombra en su canción “Walk on the Wild Side” y que el Harlem fue la cuna del jazz. Gracias Mr. Queen por tirarme el dato de que la línea 6 tiene un tren exprés que solo para dos veces y en diez minutos te deposita en la Lexington Avenue. Son cosas que nunca se olvidan.
 
Hora: 12:05:19
Fecha: Martes, 14 de Agosto del 2018