HoyDia

Turquía entre dos males

EN FOCO

Por Pedro I. de Quesada

Especial para HDC

 

La madrugada del pasado sábado 16, cuando –en tiempo real, como vemos las guerras y los golpes de Estado en estos días– comenzaron a difundirse las primeras imágenes y datos de la asonada militar contra el presidente turco Recep Tayyip Erdogán, opiné en esas mismas redes sociales que caldeaban la helada mañana del sábado, que no creía que la movida de los militares alzados en Ankara triunfase, porque ya no hay espacio (ni internacional, ni regional, ni interno en Anatolia) para un golpe de Estado tradicional. Y concluía diciendo que lo más probable fuera que Erdogán -quién sí había jugado bien sus cartas mirando los escenarios circundantes- terminara volviendo al poder en el mismo avión en el que acababa de huir de la capital. El desarrollo del movimiento social en las horas que siguieron confirmó mi intuición. Algunos elementos en lo que ella se basaba: el Estado turco moderno fue creado por un militar, Mustafá Kemal, conocido como “Ataturk”, quien impuso el laicismo obligatorio como requisito para que el país se modernizase y abandonara para siempre los resabios otomanos (que suponían una lógica religiosa); Ataturk encargó al Ejército que cuidara ese legado laicista, y éste interrumpió la democracia cada vez que consideró que los sectores religiosos musulmanes intentaban volver a ocupar esferas de poder (en 1960, 1971, 1980 y 1997, amén de otros intentos que no llegaron a suponer interrupción de las instituciones, pero sí condicionamiento de ellas). Pero esa metodología, el “golpe de Estado tradicional” es ya un objeto de museo, tanto en América latina como –acabamos de verlo– en Turquía. Erdogán (y su tradicional socio político, Abdullah Gül) ha sido inteligente: a diferencia de las experiencias islamistas anteriores del siglo XX, su partido, el AKP, se muestra “moderado”, republicano y comprometido con el normal curso de la democracia y de sus instituciones. Los militares lo acusan de tener una “agenda oculta”, a través de la cual va paulatinamente reislamizando a Turquía: cercenando derechos civiles (matrimonio, educación, homosexuales, juventud), reinstalando costumbres islámicas (el uso del tradicional velo femenino en público), además de perpetuarse en el poder a partir de una reforma constitucional que agrava el presidencialismo, diluyendo sus límites y períodos de alternancia en el poder ejecutivo. Y todo eso, por lo que se puede observar en la sociedad turca, tiene parte de verdad. Pero, aun así, el de Erdogan es un gobierno democráticamente elegido con amplio apoyo popular: algo de lo que carece cualquier gobierno de facto, por muy laicistas que sean sus gerifaltes. 

Hora: 18:08:14
Fecha: Lunes, 15 de Octubre del 2018