HoyDia

EL CENTINELA CIEGO
Leandro calle
Especial para HDC
 
“Cuando leas ese poema, acordate de mí”, me dijo Adolfina. Se refería al poema “La autopsia”, del poeta griego Odiseas Elytis, de quien yo estaba leyendo una antología hecha por la editorial Corregidor. El poema comienza así: “Entonces, se encontró que el oro de la raíz del olivo se había escurrido por los recovecos del corazón”. Volví a encontrarme con Adolfina veinte años después, luego no supe más nada de ella. Esta semana cayó en mis manos el libro “El pacto”, del prestigioso periodista chaqueño José Viñuela. Sin tener conocimiento de la relación parental, descubro un largo, larguísimo y profundo poema de Adolfina Mondín. En el poema, que habla entre otras cosas de un hombre y su caballo, se yergue la figura mítica del centauro, cierta desenfrenada libertad, el deseo de no detenerse ante la vida. 
El libro de Viñuela hereda un poco la pulsión sanguínea de los centauros: expresa de una manera clara al trotamundos externo como al interno, aquel que transita por las interioridades del alma humana. El argumento es sencillo: un nieto y una abuela, con el firme pacto de avisarse desde el más allá la continuación de la vida. La abuela muere y, en misteriosas pero concretas anunciaciones, el protagonista se da cuenta que el pacto se ha cumplido y que eso rompe las amarras, el arraigo y lo incita a salir para volver transformado. El libro podría reflejar de manera fiel aquello que Joseph Campbell refiere en su libro “El héroe de las mil caras”: el viaje iniciático del héroe, donde hay una salida o éxodo, una ayuda sobrenatural que estaría dada en este caso por los sueños y la relación con la abuela, retos y tentaciones hasta tocar el abismo, donde renace el héroe y vuelve transformado. 
Dos lugares son claves en “El pacto”, el momento de silencio que es la estancia en Segusino, el pueblo italiano de “la nonna”; y el momento de lucha, que acertadamente Viñuela lo hace ver como una Babel moderna, que es la estancia en Krefeld, Alemania. Estos dos momentos se revelan como partes de un mismo proceso, silencio y lenguaje, dos caras de una misma moneda. 
Una primera mirada sobre el libro de Viñuela nos deja en el puerto de los libros de autoayuda. Es decir, el tema de la superación, el testimonio personal, la prueba, el despojo y la conquista de una paz interior. Pero no es tan así en este libro que, si bien posee muchos de los condimentos del género de autoayuda y de la biografía personal, va tejiendo en su urdimbre la historia argentina, la búsqueda de la identidad, la cara de una Europa que no es la que se muestra a través del turismo, la triste realidad del trabajo inmigrante, etc. Mientras el autor propone una línea hacia el futuro y su viaje se dispara como una flecha hacia adelante, el mismo viaje genera en la cabeza y en el corazón del protagonista un sopesar del pasado de su vida. El futuro dependerá, entonces, de cómo se comprenda, se asimile y se entienda el pasado personal e histórico. 
El joven que se larga a conocer la tierra natal de su abuela en la vieja Italia, que sale con una mano atrás y otra adelante y que deberá enfrentar diversas pruebas y las irá superando, es el mismo joven que cuando niño logra meterse, todas las veces que lo intenta, en los calabozos de la policía de la dictadura para poder ver a su madre detenida por cuestiones políticas. A lo largo de todo el libro, el protagonista descubre mundos nuevos, se encuentra con situaciones complejas que tienen de alguna u otra forma su contrapartida en su lugar de origen, en el Chaco de su niñez. Ese Chaco que a su vuelta seguirá siendo el mismo Chaco, sólo que él es quien ha cambiado: ha vuelto distinto y al mismo tiempo sigue siendo el mismo. 
Viñuela inserta dentro de los capítulos pequeñas ventanas de texto donde hay como una especie de reflexión existencial. Los capítulos son breves y contundentes, con una prosa clara, ligera y atrapante, que pone de manifiesto el dominio del lenguaje propio de un periodista de trayectoria. Una de esas ventanas textuales refleja muy bien todo el arco de tensión del libro: “la sensación siempre es la misma: una especie de vacío, un sentimiento de tristeza. Como si la vida fuera un tren que va parando en distintas estaciones. En el trayecto conocés a distintas personas y justo cuando estás en el mejor momento de la charla, se bajan y se van, para siempre.” Esa sensación que recorre el libro va aquietándose a medida que el final se acerca. Viñuela, de algún modo recrea en su libro gran parte del alma argentina, con sus desarraigos y sus historias de inmigrantes en todas las familias. La búsqueda de la identidad, el re-ligar nuestro pasado inmigrante con el presente nacional, convierten al volumen en un libro que arraiga en el ethos cultural de un pueblo de aluvión como el nuestro.
Reconsidero lo dicho del género y me doy cuenta de que Viñuela ha logrado “ensuciar” un poco la definición simple del género, y eso es lo que lo vuelve un libro seductor. Viñuela “ensucia” la autoayuda, la ennegrece con las anécdotas que cuenta, la condimenta con partes de la historia argentina y europea, que no serían “políticamente correctas” para el género. Esa “suciedad” es lo que puede volver literario al libro. 
José Viñuela es el hijo de la poeta Adolfina Mondín; él sabe que ha cumplido con el pacto. Yo también. Acordate de mí, dijo Adolfina, cuando leas “La autopsia” del poeta Elytis. Lo leí y me acordé de ella toda esta tarde. Yo también he cumplido con el pacto. 
Hora: 19:10:57
Fecha: Lunes, 15 de Octubre del 2018