HoyDia

La pertinencia del cine

 
LA LATA
Martín Iparraguirre
De nuestra redacción
 
Luego de un julio desértico en materia cinematográfica, las confabulaciones del azar con el riesgo que asumen los programadores de ciertas salas de la ciudad harán que este inicio de agosto sea uno de los más importantes de los últimos años: coincidirán, por unos días, el regreso del italiano Marco Bellocchio, “Sangre de mi sangre”, en el Showcase de Villa Cabrera, con la que sin dudas será la película clave de nuestro tiempo, “Homeland: Iraq Year Zero”, de Abbas Fahdel, que se estrenará hoy en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios en Agenda). El particular modernismo de Bellocchio vuelve a mostrar aquí el refinamiento estético y narrativo que puede alcanzar con un filme de naturaleza bifronte, sorprendente en su libertad, que explora en dos épocas distintas la temática predilecta del maestro italiano, los claroscuros de la religión católica y la absurda misión represiva que ha emprendido en el mundo, desbaratada invariablemente por el deseo, aquella fuerza indómita que mueve a los hombres tanto en el siglo XVII como en nuestros días, los tiempos que abarca el filme. 
Dos épocas históricas que, gracias a la pericia del director, quedan sintetizadas en un mismo espacio: un convento de Bobbio que en la primera mitad será escenario de un insólito juicio contra una novicia acusada de haber llevado al suicidio a un sacerdote –a quien el proceso busca en realidad redimir–, mientras que en la segunda se convertirá en objeto de la avaricia de un multimillonario ruso, que pretende comprar el lugar para un negocio impreciso, acaso una lectura tangencial del devenir histórico del catolicismo como engranaje fundamental del capitalismo global. Pero si “Sangre de mi sangre” es capaz de mostrar las posibilidades que aún esconde el lenguaje cinematográfico en su exploración lúdica de los vericuetos de la historia –y la fantasía, pues el vampirismo es uno de sus temas– , el filme de Fahdel es la actualización más conmovedora que pueda pensarse de las potencias que siempre anidaron en el cine, hoy más vigentes que nunca: película de cinco horas y media de duración, uno se siente tentado incluso a decir que no hay un solo plano de más en “Homeland”, pues la temeridad de tal afirmación queda eclipsada inmediatamente por las innumerables revelaciones que guardan sus imágenes. Si el cine es una ventana abierta al mundo, un espacio que puede permitir la experiencia del encuentro con una ajenidad, el filme de Fahdel es la confirmación más contundente de sus posibilidades: “home movie” de una conciencia ética infrecuente, "Homeland" retrata la experiencia de la guerra a partir de la más íntima cercanía con la familia del director, a la que veremos atravesar la primera invasión norteamericana a Bagdad en 2003, bajo el mando de Bush Jr. 
Su primera mitad explora así la cotidianeidad del núcleo familiar de un pariente directo del director en los meses previos a la invasión, componiendo un retrato tan preciso como complejo de aquella sociedad hiperestigmatizada: basta ver la disonancia entre los discursos de Saddam Hussein reproducidos por la televisión y las preocupaciones e intereses cotidianos de aquellas personas para intuir la complejidad de esa comunidad, así como la falsedad de aquellos prejuicios y la terrible perversidad de la situación que enfrentan. Aun con la urgencia del registro, realizado en digital con cámara a veces al hombro, Fahdel tiene una conciencia notable de la puesta en escena, al punto que un plano general del living del hogar con la familia viendo una película de Disney basta para destituir toda distancia con el espectador occidental, sintetizando a su vez la relación de fascinación que los protagonistas mantienen con la cultura del invasor. No se trata precisamente de fanáticos obsesionados con destruir Occidente, aunque esa primera mitad servirá también para descubrir otras riquezas desconocidas como las formas de relacionamiento entre los protagonistas, donde la afectividad familiar tiene una revelancia crucial. 
Fhadel tampoco enfatiza nada ni recurre a ningún golpe de efecto para dramatizar la situación: todo lo vemos desde la más simple cotidianeidad de esa familia que se irá preparando para una guerra impuesta por otros. El director jamás intervendrá para narrar los hechos o modificar la acción, al punto que su sobrino Haydar –de unos 10 años– se convertirá paulatinamente en el narrador de la película, a partir de la arrolladora personalidad que despliega. La guerra llegará, pero quedará en fuera de campo, pues la película saltará en su segunda parte a la situación de postinvasión, donde saldrá ya del núcleo familiar para registrar las consecuencias del conflicto, con el mismo cuidado y contención que tuvo hasta entonces. No hace falta filmar cuerpos destrozados para mentar la situación de anarquía en que encuentra sumida la ciudad, como tampoco la destrucción que implicó la guerra y el sometimiento de la invasión: un travelling lateral desde el auto en marcha es suficientemente elocuente al mostrar los edificios abandonados y destruidos por las bombas, o los infinitos controles que los ciudadanos deben atravesar en el espacio público, así como también las propias necesidades de la familia que tienen, por ejemplo, que comprar nafta de forma clandestina para trasladarse. Acompañado por Haydar, Fhadel irá a registrar algunos lugares emblemáticos arrasados por la guerra y buscará ciertos testimonios para comprender el caos en que está sumida su comunidad, arrojada a una situación de todos contra todos donde las tropas norteamericanas constituyen la única ley. Pero todo el drama quedará sintetizado en el final, donde un hecho azaroso desnudará la verdadera dimensión de la tragedia al imponer la realidad de manera brutal, para terminar de modificar para siempre la mirada de los espectadores, que difícilmente volverán a pensar la guerra en los términos de la fantasía belicista norteamericana después de esta película. El cine nunca fue más pertinente. 
Hora: 08:16:05
Fecha: Lunes, 19 de Noviembre del 2018