HoyDia

Instrucciones para chuparse el dedo

por Pablo Moragues

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Conviene, en primera instancia, conseguir un babero o, ante la falta de tan indispensable adminículo, un buen rollo de papel de cocina. Seguidamente, y sin caer en atropellos precoces, se aconseja abrir con delicadeza las páginas del diario del día. Sin apuros, sin estorbos, hay que paladear el momento. Esto no es para arrebatados. Una vez colocado el babero, o en su defecto el papel de cocina, alrededor del cuello, es necesario bucear en las páginas del periódico en busca de ese suelto que relata los prolegómenos del 18-F. No cuesta mucho esfuerzo. El tema, curiosamente, está por todos lados.

Para ir potenciando la sensación de bienestar se procede a meterse en la boca no menos de cuatro criollitos de hojaldre. Entonces, cuando uno está bien atorado con el pan, se debe pronunciar la “f” de 18-F a todo pulmón, esforzándose por lograr que las migas predigeridas se escapen impúdicamente entre los dientes para que, bien pegoteadas, vayan a aterrizar en el inmaculado mantel de la cocina. La idea es sacar de quicio a las madres melindrosas y a las abuelas cascarrabias. Después, sin prisas, comienza la lectura.

Acá viene la parte complicada, porque por más que a uno se le hagan agua las fauces, hay que resistir la tentación y mantener los dedos, por ahora, sólo por ahora, bien alejados de la dentadura. Se continúa con la lectura y se disfruta cada palabra, estudiada hasta el hartazgo y pensada para generar un efecto específico. La muerte como disparador para cualquier cosa. En esta tierra uno puede morir de mil formas, pero si una muerte es pasible de ser utilizada con fines mezquinos, se morirá otra vez, y otra. Sin pudor, los buitres se arrojan sobre los restos del cuerpo inerte y buscan sacar su tajada, de ser posible la mayor de todas. La lectura es una delicia para el alma, sobre todo cuando se trata de una hermosa y exquisitamente estructurada ficción. Bien vale un provechito.

El goce va en aumento, oh sí, se puede sentir; la saliva se espesa en la parte interior de los cachetes como pidiendo más. Y ahí está el texto explicativo. Los que tienen que hacer justicia van a marchar para que se haga justicia. O sea, parece, van a salir a la calle para decirse a sí mismos que tienen que hacer su trabajo. Se ve que, como los perros de Pavlov, las palabras que danzan en los párrafos de las crónicas obran la misma maravilla que la campanita en los hambreados canes. Mientras tanto, el carro de la comparsa va sumando adeptos interesados que rápidamente lo hacen escorar peligrosamente a estribor, siempre a estribor.

Qué tierra es ésta, querubín, qué tierra. Comprensible es que, ante semejantes manjares batracios, los jugos gástricos se alboroten. Pero hay que seguir, el proceso está a la mitad. La lectura no se detiene. Como un bocadillo previo al gran final orgiástico que está por venir, hay que recorrer las frases de los analistas que descomponen un cadáver más rápido que la naturaleza y entran en trance al sonido de una moneda. Con datos parciales, escasos o nulos ellos lo mismo cantan la justa y si algún desliz se adivina en sus dichos y bué, se debe comprender que de algo hay que vivir después de todo.

Si se ha logrado mantener la compostura llegados a este punto, es posible avanzar un poco más con estoica templanza. Porque tampoco es cuestión de caer presos de los más básicos instintos. Hay que saborear la cosa, hoy más madura y clara que nunca. Y a ese plato fenomenal que se espera engullir sólo le falta sazonarlo con una razonable pizca de casualidades, las viejas y queridas casualidades. Porque por supuesto es casual que una muerte trágica sea vilipendiada en vísperas de un trascendental proceso eleccionario. Las casualidades son muchas y vienen en variados sabores. Son una especialidad de la casa. Por ejemplo, casualmente los índices de precios hacen su aparición en el momento más oportuno; casualmente algunos homicidios consiguen más metraje en los periódicos que otros que contienen exactamente la misma cantidad de tristeza y drama; casualmente las resoluciones judiciales favorecen siempre a los mismos y en el instante en que más lo necesitan; y, desde luego, casualmente salen todos a hinchar el pecho mientras le ladran a la luna que los magistrados son independientes.

A esta altura, después de tan esclarecedora lectura, uno queda hecho un estropicio. Ya no se puede aguantar más. Todos los manjares han desfilado impunemente delante de los ojos y sólo queda abandonarse al deleite desenfrenado. Sí, ha llegado el momento tan ansiado. Para no estropear el clima, es menester primero dilatar las pupilas como platos, aspirar todo el aire posible por la nariz y luego, ¡por fin!, alzar ambos pulgares desde su posición de reposo para acercarlos, sin atolondramientos pero sin demora, a los labios ansiosos. Con el diario todavía abierto a un costado, los pulgares se introducen en la boca generando un incontenible torrente de baba, credulidad e ingenuidad. ¡Qué delicia! ¡Qué sensación incomparable! Uno chupándose el dedo mientras allá, en las oscuras trincheras de la realidad, los monigotes ponen la verdad a buen resguardo.

Hora: 10:38:53
Fecha: Miercoles, 17 de Octubre del 2018