HoyDia

Francisco, el reformador

PERISCOPIO

por Nelson Specchia

Hace poco más de dos años, cuando escribíamos con ocasión de la elección papal del jesuita argentino Jorge Bergoglio, recordábamos en esta columna los desafíos políticos de una institución tan particular como la iglesia católica (y del Estado Ciudad del Vaticano, que es su expresión institucional en la política internacional), cruzando esas características con las propias y personales del nuevo papa y con los desafíos de la coyuntura mundial. Decíamos entonces que “Bergoglio tiene ante sí la gran oportunidad del siglo, no sólo de su vida: volver a ‘aggiornar’ la institución eclesial, como lo hiciera en su momento Juan XXIII con el Concilio”. La ruta asumida por el papa, la determinación de los puntos prioritarios de su agenda, y una evaluación de las modalidades y de las estrategias que ha adoptado, tal como quedan en evidencia en estos días, con la histórica visita a Cuba y a los Estados Unidos, parecen ratificar aquella intuición con que cronicábamos su elección al trono de san Pedro: Francisco quiere ser un papa reformista. Y reformista en serio. 
 
Lo nuevo y lo novedoso
La elección del primer papa no europeo en la historia bimilenaria de la iglesia, junto a sus características personales, habilitaron desde un primer momento una atención mediática que convirtió al pontífice en un protagonista central de la crónica periodística. Claro que, por la propia búsqueda y alcances de esta crónica, ese protagonismo quedó limitado a los detalles más superficiales, que fueron presentados como “gestos” del nuevo papa. Así, la radical novedad histórica de su acceso a uno de los principales lugares de poder del mundo (inclusive hay analistas que lo colocan por encima del “poder blando” que dispone el líder de la principal potencia) quedó subsumida en los comentarios sobre su renuncia a las viejas vestiduras eclesiales al momento de su coronación (en contraste con los birretes de armiño y zapatitos rojos de Prada que había vuelto a poner en circulación el renunciante Ratzinger); el reemplazo del trono de oro por una silla blanca bastante común; la no utilización de un anillo ni un crucifijo de oro; el seguir utilizando sus vieja ropa negra debajo de la prístina sotana blanca papal; la no utilización de las habitaciones del palacio apostólico, para seguir compartiendo con los demás cardenales y obispos los dormitorios del edificio de Santa Marta; mirar los partidos de fútbol sentado entre los guardias suizos de su escolta; tomar mate con los argentinos en las audiencias generales de los miércoles en la plaza San Pedro; utilizar autos pequeños en vez de limusinas en sus desplazamientos; salir a comprarse unos lentes y pedir los más baratos; etc.; etc.
 
Es obvio que, más allá de lo calculado y buscado de estos “gestos” del papa, Bergoglio es un hombre sencillo, que busca una iglesia sencilla y sabe que su ejemplo, hasta el más nimio de los detalles, será leído en esa clave. Pero, más allá de esta cuestión simbólica, y sin quitarle el peso que tiene en un proceso de transformación de estructuras que se asientan precisamente en el símbolo, en la representación, el papa ha encarado también una vía reformista que apunta a los cimientos, a lo estructural de la forma organizativa de la iglesia y, muy especialmente, de la capacidad de ella para incidir en la manera en que se conforma el mundo en nuestro tiempo. 
 
Francisco, el romano pontífice, es el líder espiritual (esto es: que su palabra es escuchada como indicativo moral) de una comunidad religiosa calculada en unos 1.200 millones de personas en todo el mundo. Además, el papa es el jefe administrativo (esto es: que su palabra es asumida como precepto indicativo) de un cuerpo de 420.000 sacerdotes y 5.100 obispos. En tercer lugar, el pontífice es la autoridad política (esto es: que su palabra es entendida como orden ejecutiva) de una unidad reconocida por la comunidad internacional. La Ciudad del Vaticano es un Estado a todos los efectos, su régimen político es una monarquía electiva y absoluta –Jorge Bergoglio es, por ello, también rey- y sus embajadores (los nuncios apostólicos) lo representan en los cuerpos diplomáticos frente a los demás gobiernos del mundo. Ese cuerpo de nuncios es experto en el lobby gubernamental, y también el principal conducto de comunicación secreto entre el papa y los engranajes de los poderes locales. 
 
Un papa metido
A través de estas tres vías, la capacidad de influencia del papa en los más diversos órdenes, tanto a nivel internacional como al interior de las administraciones gubernamentales de los países, es muy alta. Pero no todos los pontífices han hecho uso de ella en la historia moderna de la iglesia. Algunos prefirieron considerarse “presos” dentro de los muros del Vaticano, ya que la unificación de Italia los había despojado de los Territorios Pontificios y, por consiguiente, del poder terrenal que habían ostentado en el centro de la península durante siglos. Otros miraron hacia el interior de la iglesia, despreocupándose, incluso temerariamente, de lo que sucediera en el mundo (todavía se cuestiona el rol del papa Pacelli, Pío XII, y su silencio frente a Hitler en el exterminio de los judíos). Otros, como el reciente caso de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, se centraron en cuestiones doctrinarias y teológicas. 
 
Pero también, en esta diversidad de caracteres, ha habido papas que entendieron su rol al frente de la iglesia como interviniente en los procesos sociales y políticos de su tiempo histórico. Claramente esa fue la opción del papa Roncalli, Juan XXIII, en su convocatoria al Concilio, en los años ’60 del siglo XX; y también –aunque con menos énfasis- la de su sucesor, el papa Montini, Pablo VI. Volvió a sentirse con mucha fuerza en el pontificado de Karol Wojtila, Juan Pablo II, que se echó encima terminar con el comunismo en la Europa del Este, e incidió personalmente en las huelgas obreras del sindicato polaco Solidaridad. Aún está por escribirse esa historia, pero estoy seguro que, cuando tengamos acceso a mayor cantidad de documentos, quedará en evidencia que el rol del papa Wojtila fue determinante para el fin de la era soviética en su totalidad.
 
En esa línea entiende también Jorge Bergoglio su papel en nuestros días: es un papa “metido”. Y por eso su capacidad de reforma, tanto de la estructura eclesial hacia el interior, como de la capacidad de influencia de ésta en los procesos internacionales, puede ser tan significativa. 
 
Cuestión de énfasis
El énfasis en lo terrenal del papa Francisco, en todo caso, tiene en su discurso una justificación teológica clara. Si bien, como reza el viejo adagio, el reino que defiende y proclama la iglesia “no es de este mundo”, dice el papa que la persistencia de la pobreza y de la injusticia “en este mundo” es hoy un pecado mortal. Por eso él debe abocarse a que esa pobreza y esa injusticia se atenúen, y con ello, mejoren las condiciones de vida de los más desfavorecidos, que son las grandes mayorías en los países subdesarrollados, muy especialmente en América latina. 
 
Y aquí viene (y por esa razón) el segundo énfasis fuerte del papa: América. Es un énfasis geopolítico, así como lo fue Polonia para el papa Wojtila, o la cuestión europea para Benedicto XVI (recordar su insistencia de poner al cristianismo como “base de Europa” en el preámbulo de una futura Constitución continental). Y la decisión del papa Bergoglio no es menor: en América se juega el futuro de la iglesia católica, como comunidad de creyentes. A mediados de este siglo, el mayor porcentaje de católicos del mundo estará concentrado en nuestro continente. 
 
Estas líneas de incidencia, el papa las ha manifestado, en el plano ejecutivo, en una serie de medidas que apuntan a los capítulos más sensibles (e, inclusive, tabú) de la doctrina eclesial contemporánea: el divorcio del matrimonio vincular; el aborto; la consideración de las relaciones homosexuales; y las características del sistema económico. Y en esas cuatro áreas el papa ha intervenido, con documentos, con palabras, o con gestos simbólicamente trascendentes. Respecto del primero, ha ordenado cambios en la legislación canónica, en orden a la facilitación de los trámites de anulación del matrimonio, que suponen un salto impresionante de actualización sociológica y de sinceramiento con un estado de cosas que empujaba hipócritamente a un ocultamiento administrativo ya inadmisible. En lo que hace al aborto –con seguridad uno de los temas más espinosos para abordar- ha comenzado con un gesto pastoral: el perdón, en el marco de un tiempo especial: el jubileo de la misericordia. No es, ni por mucho, un punto de llegada, pero es la muestra de que está dispuesto a andar también ese camino. Respecto de los homosexuales, ya es mundialmente conocida su afirmación, ante los periodistas que los acompañaban, en el avión de vuelta a Roma: “¿Quién soy yo para juzgarlos...?” También: apenas un primer paso, pero del tamaño de un océano para la historia y la cerrazón doctrinal dominante en la iglesia. Y con respecto al sistema económico y de desarrollo, casi no hay discurso público donde no aborde las aristas más crudas del capitalismo y de la destrucción ecológica de la Tierra con duros términos críticos, además de dedicarle sus dos encíclicas publicadas hasta ahora.
 
El papamericano 
Con estas claves de lectura, se entiende el enorme interés que tiene el papa Bergoglio en América, y las razones de su incidencia directa en la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Ahora, en su –también histórica- visita a la primera potencia mundial, mientras pone el acento en su condición de “hijo de inmigrantes” cuando Donald Trump arremete contra ellos; y no recibe a representantes de la oposición anticastrista de Miami, que históricamente ha sido el principal lobby para mantener el embargo norteamericano hacia la isla, el papa debe hacer un equilibrio a tres bandas: en primer lugar, debe apuntalar a Raúl Castro frente al ala ortodoxa del PC cubano, que se atrinchera en sus lugares solidificados durante cincuenta años y ve con aprensión las propuestas aperturistas del menor de los Castro. 
 
En segundo lugar, debe hacer fructificar su buena relación con Barack Obama, para que el demócrata mantenga en su agenda presidencial la flexibilización del embargo hacia Cuba en este tramo final de su gestión. Y en tercer término, debe conquistar al Congreso, donde los temas prioritarios de la agenda social del papa para América tienen muy pocos defensores y demasiados críticos.
 
Nadie dijo que sería fácil. Pero el papa Bergoglio no parece ser un soñador sino, por el contrario, un jesuita racional y consciente de sus posibilidades. Si logra jugar sus cartas y le sale bien, no solamente habrá metido algunas cuñas de reforma al interior de la iglesia, de esas que no tienen vuelta atrás, sino que habrá sido un personaje central en la reivindicación de los logros sociales de la revolución cubana, facilitando su transición desde la dictadura de partido único a un sistema democrático abierto, sin que ello signifique la implosión de la isla en un desorden caótico como el vivido en su momento por la Unión Soviética y la Europa Oriental. O sea, sin abandonar a un millón de empleados públicos cubanos a su suerte. 
 
Si logra jugar sus cartas y le sale bien, habrá ganado una de las partidas del siglo.  

 

 
Hora: 11:42:30
Fecha: Miercoles, 17 de Octubre del 2018